Podemos contar con el músico más dotado, el mejor escenario y un auditorio lleno de personas, pero si a la hora de tocar el instrumento de cuerdas las mismas no están afinadas todo lo anterior pasará a un segundo plano y resultará vano. Cada cuerda puede tener diferente grosor pero debe estar afinada de tal manera que pueda armonizar con las demás. De la misma manera la “armonía” en la iglesia no se logra siendo todos iguales, sino actuando con originalidad y desarrollando cada uno su potencial para un fin en común. Cuando todos ponemos la misión de Dios por encima de nuestros gustos o intereses personales y trabajamos en equipo la bendición de Dios estará con nosotros y emitiremos una “dulce melodía” que atraerá a muchos a los pies de Cristo.
“¡Qué maravilloso y agradable es cuando los hermanos conviven en armonía!
Pues la armonía es tan preciosa como el aceite de la unción que se derramó sobre la cabeza de Aarón, que corrió por su barba hasta llegar al borde de su túnica.
La armonía es tan refrescante como el rocío del monte Hermón que cae sobre las montañas de Sión. Y allí el Señor ha pronunciado su bendición, incluso la vida eterna” (Salmo 133)
Gabriel Fischer
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